LA CARNE, UN ENEMIGO DEL ALMA

Dios Padre creo al hombre con inteligencia, consciente y responsable, con capacidad de discernir y reflexionar: “y lo ha llenado del espíritu de Dios, y de saber, de inteligencia, de ciencia y de capacidad en toda clase de trabajo” (Éxodo 35,31). Además nos ha dado libre albedrío para escoger entre el bien o el mal, entre la vida o la muerte (Deuteronomio 30,19).

Si bien es cierto, el Señor deja a nuestra disposición la posibilidad de disfrutar de ciertas cosas, pero debemos ser medidos y nunca olvidar compartir y hacer obras de misericordia. Todo lo que sea un exceso es una tentación y tener tentaciones de por sí no está mal, pero consentirlas constituye pecado. En el huerto de Los Olivos Jesús le dice a los Apóstoles: “Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil” (Mateo 26,41).

La Sagrada Escritura llama “carne” a la naturaleza pecaminosa del hombre, adquirida por el pecado original. “Es fácil reconocer los que proviene de la carne: libertad sexual, impurezas y desvergüenzas; culto de los ídolos y magia; odios, ira y violencias; celos furores, ambiciones, divisiones, sectarismo” Gálatas (5,19-20).

En nuestro mundo terrenal vemos cómo las miserias humanas se apoderan de las diversas situaciones en las que vivimos. La ira, la envidia, los robos, la fornicación, el adulterio, las blasfemias, el consumismo son pecados que utilizan como instrumento a la carne y que atentan con nuestro prójimo.

El hombre tiene la necesidad natural de relacionarse con lo Divino, pero a través del mal desvía su búsqueda y por ello existe la inclinación por la hechicería, la idolatría y las falsas religiones.

Así también por la carne, el hombre tiende a perder su amor propio, optando por los vicios, la libertad sexual y excesos de todo tipo.

El Apóstol Pedro dijo: “Amados hermanos, por ser aquí extranjeros y forasteros, les ruego que se abstengan de los deseos carnales que hacen la guerra al alma” (1 Pedro 2,11). Y San Pablo, quien dice tener “…motivos para confiar también en la carne…” (Filipenses 2,4), lo señala también: “Pues los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne” (Filipenses 3,3).

Con nuestra capacidad de discernimiento y por medio de Jesucristo podemos vencer estas tentaciones y mantenernos con un cuerpo limpio. Ese cuerpo que es el verdadero templo del espíritu Santo que habita en nosotros (1 Corintios 6,19). Debemos reconocer que dada nuestra naturaleza humana, estaremos siempre al acecho del mal que nos conduce a pecar y por ende a separarnos de Dios. Tenemos una constante batalla interior entre el bien y el mal y en la elección que nos llevará al Reino de los Cielos o a seguir el camino del Ángel caído.

Decía San Agustín “yo no le tengo tanto miedo al demonio, al mundo le tengo más miedo, pero nuestro peor enemigo es nuestra propia Carne”.

Es nuestro deber cristiano entonces, mantenernos firmes en el Evangelio, protegidos por la oración y en gracia de Dios.



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