EL MUNDO, UN ENEMIGO DEL ALMA



 

Podemos encontrar en la Biblia la palabra mundo de tres maneras: para referirse a la tierra en la que vivimos: “El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él…” (Hechos 17,24). También para referirse a la gente: “Porque tanto amo Dios al mundo, que dio a su hijo único…” (Juan 3,16). Y por último, como una advertencia: “No améis al mundo, ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2,15).

 

No amar al mundo, es en esta advertencia en donde debemos centrar nuestra atención. Cuando San Juan habla de las cosas que están en este mundo se refiere a todo lo que proviene del plano terrenal y que no tiene un origen Divino. El mundo tiene su propio sistema de valores, aquellos que las mismas personas han formado: sus ideas, voluntades, opiniones, propósitos, creencias, cultura y modismos, entre otros. El sistema mundano que puede incluso considerarse como un estilo de vida, se ha creado en ausencia de Dios; los que aman a este mundo no son de Dios, nos dice San Juan en su primera carta.

Hijos míos, vosotros sois de Dios, y lo habéis vencido. Porque el que está en vosotros es más grande que el que está en el mundo. Ellos son del mundo, y por eso hablan según el mundo, y el mundo los escucha” (1 Juan 4,5).

Amar al mundo se refiere a que nuestra atención, nuestra seguridad e incluso nuestra devoción está centrada en lo que nos provee el mundo. Debemos tener capacidad de priorizar y colocar siempre a Dios en primer lugar. Sin embargo somos tentados justamente con los placeres mundanos y no es pecado disfrutar de ellos si somos capaces de no quitar nuestra mayor atención en nuestro Señor cumpliendo siempre el primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas. “… Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto” (Mateo 4,10).

Simplemente no se puede amar a Dios y al mundo: “Nadie puede servir a dos Señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mateo 6,24). El dinero en este caso representaría el mundo, pues de hecho el dinero viene del mundo.

“… para los que no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las visibles son temporales, las invisibles eternas”. (2 Corintios 4,18). Esta epístola nos enseña que todo lo que proviene del mundo perece con el tiempo; podemos gozar de lo que éste nos provee, podemos atesorar nuestros bienes, pero quedarán siempre en este mundo, pues son parte de él. Sin embargo, el Señor nos ha regalado bendiciones espirituales que son eternas (Efesios 1, 3-14).

Para reflexionar, pensemos que hemos recibido el Espíritu de Dios en el Sacramento del Bautismo y no el espíritu del mundo.

Los placeres y miserias que provienen de un plano terrenal existen, y nosotros debemos convivir con ello, pues a pesar de todo Dios nos creó para vivir en este mundo y de aquí nace entonces nuestro rol como evangelizadores: proclamar la fe y difundir el evangelio. Tenemos un mensaje que puede liberar a nuestros hermanos de los poderes terrenales y de la esclavitud que genera este enemigo del alma, pero antes, nosotros mismos que conocemos la palabra de Dios, debemos mantenernos firmes en la fe y protegidos con la Armadura de Dios (Efesios 6, 10-18).


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