EL DEMONIO, UN ENEMIGO DEL ALMA

“Y líbranos del mal”. En esta petición el mal se refiere a una persona, el Maligno, el ángel que se opone a Dios, aquel que se opone a los designios del Padre y su obra de salvación (Catecismo 2851).

Dios creó un ángel querubín que con su libre albedrío se rebeló y fue expulsado del cielo: el demonio (Isaías 14,12-20). “El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él” (Apocalipsis 12,9).

San Ignacio dice que el demonio es el “enemigo de nuestra naturaleza humana”, Santo Tomás le llama “el tentador”, San Agustín lo describe como “un perro rabioso que encadenado que está listo para atacar” y San Pedro lo describe como un “león rugiente que busca a quien devorar”.

Si el Maligno fue capaz de acechar a Jesús en el desierto (Mateo 4,1-11), ¿cómo no pensar que nosotros también estamos al acecho de quien ha sido denominado “el príncipe de este mundo”?

Ciertamente nos ataca engañándonos con falsas apariencias de bien.

Lo hace por medio de tentaciones: impulsos que nos llevan a obrar mal si cedemos a ellas. La Biblia reconoce que los hombres estamos sujetos a la tentación, así como también que Dios nos dará las fuerzas necesarias para superarlas (1 Corintios 10,13). Podemos encontrar tentaciones de poder, ese afán humano por querer destacar en el ámbito político, social, familiar, laboral, entre otros; es una suerte de confianza plena en el sí mismo. Tentaciones por los bienes materiales, el consumismo, la sed de ambición y el materialismo. También están presentes las tentaciones del placer excesivo que escapan de la voluntad de Dios.

También el Demonio nos ataca mediante opresiones, referido a los pensamientos que se apoderan de nuestra mente, distracciones que nos llevan a separarnos del camino de Jesucristo. Nosotros somos templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6,19), el habita en nosotros porque así se lo permitimos, lo aceptamos, lo pedimos; sin embargo también puede ser la morada de espíritus malignos.

Por último, nos ataca por medio de las posesiones, que ocurre cuando los espíritus del maligno controlan al hombre de una manera física, síquica y emocional. El hecho más representativo es lo que ocurrió con Judas Iscariote, el Apóstol seguidor de Jesucristo que lo terminó vendiendo a los sacerdotes; relata la Biblia que Satanás entró en él y lo hizo pecar (Lucas 22,3).

Conocer cómo el espíritu del mal puede obrar en nosotros permite estar atentos y encontrar la manera de enfrentarlo, sin olvidar que si estamos con Dios, ya hemos vencido la batalla. “Sométanse, pues, a Dios; resistan al Diablo y huirá de ustedes” (Santiago 4,7).

 






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